Añoranzas de un viejo septuagenario- Javert Fort.

 

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                                    Añoranzas de un viejo septuagenario.

Allí me encontraba triste y deprimido, solo el librito que leía, recuerdo que era “Bola de sebo” de Guy de Maupassant, me hacía desplazar tal tristeza a un rincón de mi corazón donde la cruel persistencia de mi mente no alcanzaba. La razón de mi tristeza aún me altera de tan solo recordarla, pues pasaba en el entonces que había sido admitido dentro de la facultad de ingeniería más prestigiosa de las universidades que existían en mi localidad, con la inclusión de una incentivación económica para participar en proyectos de ingeniería en la capital donde tendría residencia asegurada, en ese momento tenía yo diecisiete años y acepto que se juzgue mi tristeza como un perfecto crimen, por ser ante la objetividad la oportunidad que describo; una maravilla de mi suerte. Sin embargo, en mi defensa puedo decir que mi alma jóven entendía no más de mi inspiradora subjetividad, porque esa era una oportunidad que dos veces no llegaba, pero que para mi no significaba más que una camisa de fuerza impuesta por mis padres. Si, tenía yo a mis padres, y de férreo carácter a pesar de todo su amor.

Cuando me notificaron la noticia de mi admisión, ellos brindaban de un pies, mientras yo no sabía que hacer. Porque lo mío no eran los números y las ecuaciones, siempre pertenecí a las letras, a las lecturas hasta la media noche con una taza de café y al mismo café con un buen libro a las seis de la mañana. Mi madre y mi padre quienes siempre me visualizaron con proyectos como la construcción de grandes y seguras avenidas, edificios tan altos como hasta donde querían verme llegar o cualquier diseño sofisticado al servicio de nuestra comunidad; no aceptaban mi romance con las letras, la educación y la pintura. Empezando por las letras, siempre decían que eso no era un oficio real y que era no rentable; en cuanto a la pintura pensaban lo mismo y además tenian la manía arcaica de pensar que los pintores éramos gente incivilizada, flojos y despilfarradores; y sobre la educación, mi deseo de ser maestro, opinaban que era una barbaridad porque los maestros ganaban mucho menos que los ingenieros.

Ahora que conocen el contexto de mi tristeza todo es más justo. Y justamente debo contar lo que sucedió las semanas siguientes. Estando en esos días de constate presión familiar y llamados introspectivos de mis verdaderas vocaciones, sostuve muchas discusiones con mis padres, en las que apreciaba no muy difícilmente su inagotable persistencia en mis estudios de ingeniería. Pasaron varias semanas y ya estaba finalizando mis estudios de bachillerato, en esos momentos en los que investigaba sobre las obras de Julio Cortázar, para la próxima clase de literatura, advertí en mis redes sociales la convocatoria de un concurso de cuentos muy importante, lo que inmediatamente me hizo querer participar, pero como en esos momentos quería enfocarme en asuntos más acordes a la profesión que había decidido estudiar por complacer a mis padres, ignore el llamado de mis instintos. Cuando el corazón llama y sus instintos más entrañables inundan el espíritu; la esencia genuina del alma quebranta las ataduras de las apariencias, incitando la desobediencia a la razón. Estas palabras emergen de mi mente porque eso fue lo que sucedió dos semanas después. Allí estaba, enviando mi cuento al concurso. Los días pasaban y yo intranquilo por los resultados, calme mis ansias como sólo podría hacerlo, empecé nuevamente a escudriñar apasionadamente libro tras libros y ayudando en la campaña nacional en contra del analfabetismo que tuvo lugar en variados pueblos que visite junto con todos los que hacían parte de la hermosa labor. Fue en esos tiempos cuando regresaron nuevamente las discusiones con mis padres, a través de las cuales se dieron buenos resultados, porque mis padres cedieron en cuanto a su negativa por los estudios que yo verdaderamente quería tomar, aunque no del todo porque tal aceptación obtenida mediante largas y serias conversaciones estaba monocondicionada al hecho de recibir sesiones de asistencia vocacional. Esto no fue un problema porque después de un mes de asistencia la profesional término de hacerle entender a mi mamaita y a mi papaíto que mi vocación era irrenunciablemente la que siempre había profesado. Además se sacaron las ideas que tenían martilladas en la cabeza, en cuanto a los maestros, pintores y escritores; en cuanto a que la rentabilidad de una profesión es lo más importante, en cuanto a que para llegar alto se debía estudiar una carrera muy dadivosa financieramente y en cuanto a las incomodidades de la educación rural. Ya que mis padres empezaron a aceptar mi vocación del todo, hable muy seriamente con ellos y les expliqué que con estar al servicio de la comunidad me bastaba, con poder transmitir todo lo que sabía era feliz, con delitar los sentidos llenando de cultura las vidas de todos los que leyeran mis escritos me deitaba yo el alma, con mejorar la vida de los niños y construyendo el futuro con conocimientos era para mí llegar a lo más alto; lagrimas cayeron ese día y yo obvio que no estaba triste, estaba feliz y me sentía pleno. Recuerdo que me gradué y célebre con mis amigos y vecinos mi logro, y tras dos semanas cuando mi corazón que saltaba de alegría no se acordaba de los resultados del concurso de cuentos, para mi grata sorpresa el cuento que envíe era el ganador ¡Maravilloso me sentí! y no dejaba de dar brincos de pies izquierdo y derecho. 

Lo que cuento fue hace muchos años y recuerdo que luego de ganar el concurso, me inundaron más aún los instintos de mi vocación. Me gradué como docente, realice estudios posteriores y empecé a escribir y escribir, enseñar y enseñar, construyendo junto con todos mis admirables colegas las bases de este día en el cual escribo a la edad de setenta y dos años  de maravillosas experiencias y grandes logros, con el pulso turbado por la vejez, con el cabello bañado de años, con la mente en los laberintos de la memoria, con la mirada opacada por el Sr. Tiempo, pero con el alma tan jovial  como en aquellos días que hoy logro recordar de mi añorada juventud.

_AUTOR: Javert Fort.

_Participando Concurso Fundación MAPFRE.

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